Aprobación de Kast se desploma 17 puntos en dos semanas
Kast se desplomó: dos semanas y ya lo rechazan más de los que lo aprueban Su aprobación cayó 17 puntos en 14 días, algo que nunca se había visto en democracia. La gente no compró la mentira de que el alza era inevitable y castiga un gobierno que hace pagar a los de siempre mientras protege a los…

Kast se desplomó: dos semanas y ya lo rechazan más de los que lo aprueban
Su aprobación cayó 17 puntos en 14 días, algo que nunca se había visto en democracia. La gente no compró la mentira de que el alza era inevitable y castiga un gobierno que hace pagar a los de siempre mientras protege a los ricos.
El desplome histórico
Pocas veces se puede decir con tanta propiedad que algo es histórico o que no tiene precedentes. Este es el caso. La primera encuesta de Panel Ciudadano muestra que la aprobación del presidente Kast se derrumbó del 59% al 42% en apenas dos semanas, mientras el rechazo aumentó del 18% al 48%. Cadem confirma la tendencia: 47% de aprobación contra 49% de rechazo.
Ningún gobierno desde el retorno a la democracia había logrado esta hazaña: tener más rechazo que aprobación a dos semanas de asumir. El supuesto período de luna de miel se convirtió en divorcio exprés. Las cifras demuestran que el castigo electoral es al tiro cuando la gente cacha que le están mintiendo. El gobierno quemó en 14 días el capital político que le tomó años construir.
Esta caída tampoco tiene precedentes para un presidente que lleva apenas dos semanas en La Moneda. Una caída de 17 puntos en ese lapso es algo que no se había visto antes en nuestra democracia. El gobierno creyó que podría aplicar el shock más brutal de la historia en combustibles —370 pesos en gasolina, 580 en diésel— y salir ileso. Se equivocó.
La minuta que nadie compró
"Ante la guerra en Irán La Moneda no tenía otra alternativa más que subir los precios", repitió la vocera de gobierno. Eso es falso. El gobierno tenía muchas alternativas, desde mantener operando tal cual el MEPCO, con lo cual el alza sería de 30 pesos, hasta toda la gama de opciones intermedias de alzas parciales, graduales o más moderadas. Entre todo ese menú de opciones optó por la más radical de todas: desactivar el MEPCO para que de un solo golpe los precios subieran en 370 y 580 pesos.
Las encuestas muestran que la minuta oficial no logró convencer. Una mayoría cree que el alza sí era evitable y que el gobierno debió haber tomado medidas para contenerla. El discurso del "no teníamos alternativa" se estrelló contra la realidad. La ciudadanía no es idiota: sabe que había opciones. El gobierno eligió la más brutal y luego intentó venderla como inevitabilidad técnica.
Más grave aún: a través de las redes sociales oficiales del gobierno se declaró una y otra vez que las bencinas deben subir porque el Estado chileno está "quebrado". Declarar en los canales oficiales del gobierno de Chile que el Estado está en quiebra es un condoro de proporciones. Porque un Estado quebrado está en default, no puede pagar sus deudas, sus bonos se convierten en basura y sus fuentes de financiamiento se cortan. La realidad es muy diferente: Chile tiene una deuda del 41% del PIB, menos de la mitad del promedio de los países de la OCDE. Cuando cacharon la estupidez que se habían mandado, el gobierno bajó las publicaciones que hablaban de un país quebrado.
El cálculo: que paguen ellos, nosotros aguantamos
El cálculo en La Moneda es que hay margen para encajar este golpe, que es mejor hacerlo ahora y que es el costo para mantener el resto de su programa económico en pie, incluyendo los cortes de impuestos.
Aquí está la confesión implícita. El gobierno sabía que esto le costaría popularidad y lo hizo igual. ¿Por qué? Porque prefiere sacrificar aprobación antes que tocar su programa de rebajas tributarias a empresas, herencias y ganancias de capital. Se propone bajar el impuesto de primera categoría y además reintegrar tributariamente. Eso tiene un costo adicional de 1.800 millones de dólares por la baja del impuesto más 800 millones adicionales por la reintegración. Y se suma a bajar el impuesto a la herencia, bajar el impuesto a las donaciones, eliminar el impuesto a las ganancias del capital, eliminar en algunos casos las contribuciones.
La estrategia es clara: aplicar el shock de precios ahora, encajar la caída, y mantener intactos los privilegios de los ricos. Es la doctrina del shock en su versión más descarnada: que la crisis la paguen los de abajo para que los de arriba sigan acumulando. Mientras a los consumidores les traspasan el golpe completo del petróleo —generando una inflación de 1,3% solo en abril—, a las empresas y sus dueños les prometen rebajas por miles de millones de dólares.
El silencio de los cobardes
Para hablar de esta decisión histórica, se invitó al programa al ministro de Hacienda, al subsecretario de Hacienda, a la ministra de Energía, al ministro de Economía, al subsecretario de Economía, al ministro de Transportes y a la ministra vocera de Gobierno. Ninguno de ellos estuvo dispuesto a venir.
Cuando los números te destrozan, la estrategia es esconderse. Ni el ministro de Hacienda, ni la ministra de Energía, ni la vocera quisieron dar la cara y responder preguntas incómodas. Ante una situación tan delicada es una obligación de las autoridades hacerse cargo de los hechos, responder todas las preguntas y dar explicaciones a la ciudadanía, no solo a través de minutas, de memes en las redes sociales o de espacios de confort.
Prefieren operar desde la minuta, el meme y el comunicado de prensa. Porque saben que su relato no resiste una conversación seria. Las encuestas explican el silencio: cuando tu propia narrativa es rechazada por la mayoría, mejor no exponerla más de lo necesario. Se hacen los lesos.
Kast creyó que podía aplicar terapia de shock y salir ileso. Le explotó en la cara en tiempo récord. Ahora gobierna en minoría política real: más chilenos lo rechazan que lo aprueban. Y esto recién empieza. Cada vez que llenen el estanque, cada vez que suban los precios por el efecto dominó del combustible, recordarán quién eligió esto. Y recordarán que mientras a ellos les pedían apretarse el cinturón, a los poderosos les prometían rebajar impuestos. Ese recuerdo no se borra con minuta ni con operación en redes. Se paga en las calles y en las urnas.